Hace casi dos años pasaron dos cosas que cambiaron completamente mi vida.
La primera, de la cual quiero hablar más adelante con más calma, fue que me diagnosticaron cáncer.
Y la segunda fue que, regresando de la incapacidad, fui despedida de la empresa donde había trabajado durante seis años y medio.
Curiosamente hoy, mientras caminaba, me caí y me raspé. Y mientras me limpiaba la herida pensé en algo muy simple:
hay heridas que uno puede ver inmediatamente…
y hay otras que duran muchísimo más tiempo porque nadie las ve.

En su momento, lo que se me explicó fue que mientras yo no estuve se había hecho una reestructuración dentro del área donde trabajaba y que mi puesto había desaparecido. Que no era un tema de rendimiento ni nada relacionado conmigo personalmente, sino una decisión administrativa.
Pero honestamente… cuando uno está en una situación así, la mente no funciona de forma tan racional.
O al menos la mía no.
Yo recuerdo perfectamente ese día.
Recoger mis cosas.
Subirme al carro.
Ir manejando mientras lloraba desconsoladamente.
Y aunque me dijeran que no había sido por mi desempeño, mi cabeza no dejaba de cuestionarse cosas.
¿No había sido suficiente?
¿No había dado suficiente?
¿No era tan buena como pensaba?
¿Había hecho algo mal y simplemente no me lo querían decir?
Y creo que durante muchísimo tiempo cargué eso conmigo.
Inclusive, en algún momento, mi psicóloga me dijo algo que me impactó muchísimo.
Me dijo que ese evento había sido traumático para mí.
Y recuerdo que esa palabra me chocó demasiado.
Porque yo siempre había relacionado el trauma con otro tipo de experiencias muchísimo más fuertes o evidentes.
Nunca pensé que un despido pudiera convertirse en un trauma.
Pero con el tiempo entendí que no era “solo” el despido.
Era todo el contexto alrededor.
Venía saliendo de un proceso médico muy fuerte.
Venía vulnerable emocionalmente.
Venía intentando sostenerme.
Y de pronto también perdí estabilidad, rutina y una parte muy importante de mi identidad.
Porque sí, ese trabajo fue una parte enorme de mi vida.
Yo dejé mi corazón ahí.
Trabajé muchísimo.
Aprendí muchísimo.
Crecí muchísimo ahí.
Y aunque eventualmente encontré otro trabajo y seguí adelante, la herida seguía ahí.
Los cuestionamientos seguían ahí.
Como esas raspaduras que aparentemente ya cerraron, pero siguen sensibles por debajo.
Y curiosamente, fue hasta el 2025, durante un viaje que hice a Estados Unidos, que empecé realmente a revisitar ese tema.
Hubo unos días donde estuve completamente sola y regresar allá me trajo demasiados recuerdos de esa etapa de mi vida.
Y creo que por primera vez pude verlo desde otro lugar.
No desde el shock.
No desde el dolor inmediato.
Sino desde un lugar más introspectivo.
Como entendiendo:
“ok… evidentemente esto me marcó muchísimo y necesito trabajarlo”.
Y poco a poco empecé a meterle más cabeza al asunto.
Entendí que probablemente sí hubo una combinación de muchos factores.
Hubo una reestructuración.
Hubo temas administrativos.
Hubo un momento complicado para todos.
Y también entendí algo importante:
esa empresa me apoyó muchísimo durante mi proceso de cáncer.
Y eso es algo que siempre voy a agradecer.
Porque creo que a veces la vida no es blanco o negro.
Y esto definitivamente no lo fue.
No siento resentimiento.
No siento enojo.
Simplemente fue una situación humana compleja que me afectó muchísimo más de lo que yo misma entendía en ese momento.
Y curiosamente, hace unas semanas pasó algo que terminó de darme paz.
Volví a tener contacto con alguien relacionado con esa etapa de mi vida y, sin entrar en detalles, esa conversación me dio una especie de cierre que yo creo que necesitaba.
Como esa última pieza del rompecabezas.
Y fue extraño, porque escuchar de alguien más que siempre fui suficiente, que sí aporté, que sí fui valiosa para el equipo, me ayudó muchísimo más de lo que pensé.
Porque durante muchísimo tiempo yo genuinamente pensé que tal vez el problema había sido yo.
Que tal vez no había sido tan buena.
Que tal vez simplemente no me lo habían querido decir directamente por consideración a todo lo que yo venía pasando.
Y darme cuenta de que no era así… me dio muchísima paz.
Porque sí.
Yo di todo de mí.
Más de lo que probablemente debía dar muchas veces.
Fui team.
Me comprometí muchísimo.
Dejé demasiadas horas, energía, emociones y esfuerzo ahí.
Y saber que eso sí fue visto y valorado por personas importantes para mí… me permitió finalmente soltar la culpa.
Y creo que por primera vez, casi dos años después, puedo decir que lo superé.
Y eso se siente enorme para mí.
Tal vez para otras personas un despido no sea algo tan profundo.
Tal vez digan:
“diay sí, consiguió otro trabajo y ya”.
Pero para mí sí fue algo que me golpeó muchísimo la autoestima.
Me achiqué demasiado.
Y hoy entiendo que gran parte del dolor no fue perder el trabajo.
Fue sentir que yo no había sido suficiente.
Y por eso esto se convirtió en algo tan importante dentro de mi proceso de sanación.
Porque sanar esto no fue solo entender lo que pasó.
Fue volver a entender mi valor.
Y también aceptar algo que sigo aprendiendo constantemente:
las cosas toman tiempo.
Uno muchas veces quiere sanar rápido.
Quiere tener respuestas rápidas.
Quiere dejar de sentir ciertas cosas inmediatamente.
Pero no funciona así.
Hay heridas que necesitan tiempo, conciencia y trabajo.
Algunas cicatrizan rápido.
Otras duran muchísimo más de lo que uno esperaba.
Y no solo trabajo emocional.
También paciencia con uno mismo.
Porque tampoco es que mágicamente un día todo desaparece.
Hay que poner de parte de uno.
Hay que ir a terapia.
Hay que hablar las cosas.
Hay que revisarlas aunque incomoden.
Y honestamente creo que eso aplica para todo:
la salud física,
la salud mental,
los hábitos,
la autoestima,
la vida en general.
Y sí, tal vez para algunas personas esta sea una historia “equis”.
Pero para mí no lo es.
Para mí esto es una victoria.
Porque hoy puedo recordar esa etapa sin sentir que me destruye.

Y puedo quedarme con lo bueno:
los aprendizajes,
las amistades,
las risas,
los errores,
los dolores de cabeza,
todo lo que crecí profesionalmente.
Y dejar que eso sea lo que permanezca conmigo.

No la herida.
No el miedo.
No la sensación de no haber sido suficiente.
Porque hoy sé que sí lo fui.
Y creo que finalmente estoy empezando a creérmelo yo también.
Deja un comentario