Primeras semanas intentando mejorar mi sueño
Quería hacer como un primer update de este proceso.
No sé si decir que han sido 15 días exactos, porque en realidad ha sido como una semana y media / dos semanas… pero lo suficiente como para empezar a ver cosas.
Y lo primero que pensé fue: yo creí que esto iba a ser más fácil.
La primera semana, honestamente, me fue bastante bien.

No sé si fue suerte, motivación o qué, pero sentí que logré cumplir casi todo.
Diría que entre un 90% y un 100% de los hábitos que me propuse: comer temprano, acostarme temprano, bajar las luces, desconectarme…
Y eso se vio en los datos. Voy a poner el gráfico porque sí se nota.
Pero ya la segunda semana… bajó.

Bajó la calificación, bajó la consistencia.
Y ahí fue donde empecé a ver la realidad del proceso.
Creo que hay varias razones. La principal, al menos en mi caso, es el tiempo.
Mi ventana de tiempo libre en el día es corta. O sea, realmente corta.
Porque el trabajo es el trabajo, eso no se mueve.
Y si yo le estoy dando prioridad al sueño —que es lo que estoy intentando hacer—, entonces estoy tratando de reservar un bloque de 8 horas para dormir.
Entonces lo que queda… es poco.
Más o menos entre 5:30 pm y 8:30 pm.
Ese es mi tiempo.
Y en ese tiempo quiero comer, bajar revoluciones, bañarme, escribir, leer, tener un rato para mí.

Entonces sí… no es tanto tiempo como parece.
Y ahí fue donde la segunda semana se empezó a complicar.
Tuve dos citas médicas, lunes y martes a las 7 pm. Era el horario que había.
Por dicha eran virtuales, entonces ya estaba en la casa… pero igual.
Terminaba la cita y básicamente ya era hora de alistarme para dormir.
Sin mucho espacio para desconectarme.
Y eso me afectó más de lo que pensé.
Porque no fue solo esa noche.
Mi mente se quedó activa. Pensando. Dándole vueltas a todo.
Especialmente porque eran temas importantes: mi salud digestiva, la nutricionista, los cambios que vienen…
Y no puedo negar que eso me generó ansiedad.
Entonces pasó algo interesante.
No dormí tan bien lunes y martes… y eso se arrastró al miércoles y jueves.
Y ahí entendí algo importante: esto es frágil.
No es como que “ya, mañana empiezo de cero”.
No.
Hay arrastre. Hay que volver a subir. Y eso cuesta.
Y ahí es donde entra algo que a mí me cuesta mucho.
Yo tiendo a ver las cosas como blanco o negro.
Como que si hoy no salió perfecto, mañana debería salir perfecto otra vez.
Pero no funciona así.
Y eso… me cuesta aceptarlo.
También noté algo más: me cuesta mucho dejar el celular en la noche.
Especialmente cuando estoy ansiosa.
Entonces aunque sé que debería desconectarme… termino en redes.
Y bueno, ahí estoy probando cosas.
Me compré unos lentes para la luz azul (no sé si sirven o no, pero ahí vamos).
Esto es prueba y error.
Y después pasó la vida.
El viernes tuve un tema familiar importante.
Llegué a la casa como a las 9:30 pm.
Claramente no cumplí con la rutina.
Y además estaba ansiosa.
Pero también fue por algo importante.
Ya soy tía.
Y eso me tiene demasiado feliz.
Entonces ahí es donde vuelvo a lo mismo:
no todo va a calzar perfecto con la rutina.
Y hay cosas que son prioridad.
Y creo que eso es de lo que más me cuesta.
Aceptar los grises.
Porque aunque yo sé que la vida no es blanco o negro… yo quiero que sea blanco o negro.
Pero no lo es.
Y ahora lo estoy viendo también en mi salud física.
No es solo “hacer todo bien” o “hacer todo mal”.
Es encontrar qué funciona para mí.
Y hay otro aspecto que también salió esta semana, que incluso conversé con mi pareja.
Y me hizo cuestionarme bastante.
Porque yo digo: ok.
Estoy dando prioridad al sueño.
El trabajo ya tiene su espacio.
Entonces… el único lugar donde realmente puedo ajustar cosas es en mi tiempo libre.
Y ahí es donde me pregunté: ¿qué estoy haciendo con ese tiempo?
No desde un lugar de exigirme más.
No quiero que esto se vuelva otra lista de cosas por cumplir.
Pero sí desde un lugar de conciencia.
Y me di cuenta de algo.
En las mañanas tengo más tiempo del que estoy aprovechando bien.
Yo entro a trabajar a las 7:30 am.
Y muchas veces llego justo a esa hora… y termino desayunando frente a la computadora.
Y eso es algo que no quiero seguir haciendo.
Quiero desayunar con calma.
Sin una pantalla.
Disfrutarlo.
Entonces empecé a cuestionarme:
si me levanto a las 4:30 am y salgo de mi casa a las 7:00 o 6:30… ¿qué estoy haciendo en ese bloque?
Porque no es poco tiempo.
Son dos horas.
Y entonces estoy en ese proceso de reevaluar mi rutina en la mañana.
Ver cómo organizo ese tiempo.
Cómo lo hago más intencional.
Sé que hay cosas que quiero mantener: salir afuera, tomar aire, caminar con mi perrita, bañarme, alistarme, preparar mis comidas.
Pero también sé que hay puntos de mejora.
Siempre me he considerado una persona de mañana.
Entonces sé que no es que no pueda.
Sé que puedo hacerlo mejor.
Pero bueno… esto también es parte del proceso.
Ir ajustando.
Ir probando.
Ir viendo qué sí me funciona y qué no.
Si hay algo que rescato de estas semanas es esto:
la constancia importa.
Pero también la flexibilidad.
Porque incluso con todo, hubo algo que sí disfruté mucho.
La rutina en sí.
Desconectarme temprano, bajar las luces, bañarme con calma, hacer skincare, leer o escribir…
Se sentía bien.
De verdad bien.
Y sí, me da risa decir que me estoy acostando a las 8:30 pm…
pero también es real que, aun así, apenas logro dormir lo que necesito.
Entonces esto apenas empieza.
No lo tengo resuelto.
Pero sí tengo claro que quiero seguir intentándolo.
Sin obsesionarme.
Sin frustrarme.
Pero sin soltarlo tampoco.
Deja un comentario