La semana pasada tuve un breakdown.

No sé si esa es la palabra correcta, pero es la que mejor describe lo que pasó.

Tuve un ataque de ansiedad.

Y honestamente, una parte de mí ya sabía que algo no estaba bien.

Recuerdo perfectamente que me desperté ese viernes y me sentía emocionalmente muy frágil.

No era tristeza exactamente.

No era enojo.

Era simplemente esa sensación de que algo no estaba bien.

Y recuerdo pensar:

“hoy no me siento bien para ir al trabajo.”

No me sentía estable.

No me sentía fuerte.

No me sentía capaz de enfrentar el día como normalmente lo hago.

Pero bueno.

Había que hacer lo que había que hacer.

Así que me levanté, me alisté y me fui.

Mientras manejaba hice algo que ya conozco bastante bien.

Puse un audiolibro.

Porque sé que cuando manejo mi mente tiene mucho espacio para pensar.

Y cuando no estoy bien, ese espacio puede convertirse fácilmente en sobrepensar.

No es la primera vez que me pasa.

No es la primera vez que lloro manejando.

Y justamente por eso intenté ocupar mi mente con otra cosa.

Pensé que iba a funcionar.

Pero no funcionó.

Cuando llegué a la empresa, me parqué y empecé a caminar hacia la oficina.

Y las lágrimas simplemente empezaron a salir.

Sin aviso.

Sin permiso.

Sin que pudiera detenerlas.

Recuerdo caminar intentando ocultarme de la gente.

Intentando respirar.

Intentando convencerme de que podía controlarlo.

Pero ni siquiera respirar me resultaba fácil.

Y en ese momento entendí algo.

No podía sentarme frente a una computadora y pretender que todo estaba bien.

Simplemente no podía.

Por dicha la empresa tiene un centro médico.

Me atendieron muy rápido.

Me tomaron signos vitales.

Y físicamente todo estaba bien.

Pero apenas empecé a explicarle a la doctora lo que me estaba pasando, me quebré nuevamente.

Lloraba.

Intentaba respirar.

Me calmaba un poco.

Y volvía a llorar.

Una y otra vez.

Hasta que finalmente me dieron una medicación para ayudarme a relajarme.

Me llevaron a un consultorio vacío.

Y me dejaron sola.

Y recuerdo perfectamente pensar algo que probablemente llevaba mucho tiempo necesitando hacer:

tengo que soltar.

Tengo que dejar de sostener esto.

Y lloré.

Lloré muchísimo.

Hasta que eventualmente el medicamento hizo efecto.

Hasta que eventualmente pude respirar.

Hasta que eventualmente pude pensar un poco más claro.

Y al final ni siquiera pude manejar de regreso a mi casa.

Tuve que pedir un Uber.

Llegué a mi casa.

Y literalmente me mandaron a dormir.

Y cuando desperté, empecé a preguntarme algo.

¿Qué pasó?

¿Cómo llegué hasta aquí?

Y creo que la respuesta es mucho más compleja de lo que pensé inicialmente.

Este año han sucedido situaciones personales que me han impactado profundamente.

Por respeto a las personas involucradas no voy a entrar en detalles.

Pero sí puedo decir que fueron situaciones que me dolieron mucho.

Y al inicio pensé que las estaba manejando bien.

Inclusive las llevé a terapia.

Puse límites donde sentía que tenía que ponerlos.

Tomé decisiones difíciles.

Y honestamente llegué a pensar que tenía el tema bajo control.

Pero después aparecieron nuevas capas.

Nuevas situaciones.

Nuevos cuestionamientos.

Inclusive algunos dilemas que llegaron a tocar fibras muy profundas de mis propios valores.

Y poco a poco empecé a hacer algo que hoy veo con mucha claridad.

Empecé a evitar.

Evitar pensar.

Evitar sentir.

Evitar procesar.

Y curiosamente creo que la evidencia estaba ahí todo el tiempo.

En mi diario.

Durante mayo casi no escribí.

Y para alguien que escribe tanto como yo, eso no es normal.

Hoy creo que mi mente estaba haciendo exactamente eso:

bloqueando.

Bloqueando pensamientos.

Bloqueando emociones.

Bloqueando conversaciones internas que todavía no estaba lista para tener.

Y durante algún tiempo funcionó.

O al menos eso pensé.

Hasta que dejó de funcionar.

Hasta que mi cuerpo dijo basta.

Y creo que ahí llegó una de las realizaciones más importantes de todo esto.

Duele aceptar que duele.

Suena extraño.

Pero es verdad.

Porque no solamente duele la situación.

También duele aceptar que la situación me afecta.

Duele aceptar que me importa.

Duele aceptar que no soy tan fuerte como me gustaría ser algunas veces.

Duele aceptar que algo me rompió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y creo que por mucho tiempo intenté convencerme de lo contrario.

Intenté actuar como si ya hubiera procesado algo que claramente todavía estaba procesando.

Y ahí fue cuando empecé a entender algo más.

Tal vez estoy atravesando un luto.

No sé exactamente en qué etapa estoy.

No sé exactamente cómo se supone que se ve.

Pero sí sé que hay una pérdida.

Y sí sé que hay dolor.

Y también sé que por mucho tiempo estuve intentando saltarme esa parte.

Como si pudiera llegar directamente a la aceptación.

Como si pudiera llegar directamente a la paz.

Y aparentemente no funciona así.

Porque hay cosas que necesitan sentirse.

Hay cosas que necesitan llorarse.

Hay cosas que necesitan atravesarse.

Y por más que uno quiera acelerar el proceso, simplemente no se puede.

Y ahí apareció también una segunda reflexión.

Todo proceso tiene un inicio y tiene un final.

Y honestamente esa idea me ha dado muchísima paz.

Porque aunque ahorita hay días donde las cosas se sienten pesadas, sé que esto no va a durar para siempre.

No sé cuánto tiempo tomará.

No sé exactamente qué aprendizajes saldrán de todo esto.

No sé cuándo voy a sentir que finalmente cerré este capítulo.

Pero sí sé que eventualmente llegará.

Porque todo pasa.

Todo cambia.

Todo se transforma.

Y mientras tanto, mi trabajo no es acelerar el proceso.

Mi trabajo es permitirme vivirlo.

Y también aprender algo que me costó muchísimo aceptar ese viernes.

Me dio vergüenza decir que me había incapacitado por un ataque de ansiedad.

Y aunque me gustaría decir que no fue así, la verdad es que sí lo sentí.

Sentí vergüenza.

Sentí culpa.

Sentí que estaba causando problemas.

Sentí que estaba fallando.

Y eso me hizo darme cuenta de que todavía existe una parte de mí que necesita aprender a normalizar estas cosas.

Porque la realidad es que esto pasa.

Y puede pasarle a cualquiera.

Y no debería ser motivo de vergüenza.

Porque al final del día, un ataque de ansiedad no fue el problema.

Fue una señal.

Una señal de que algo dentro de mí necesitaba atención.

Una señal de que había emociones que ya no podían seguir esperando.

Una señal de que mi cuerpo estaba levantando la mano.

Y creo que ahí está el aprendizaje más importante de todos.

Ignorar algo no hace que desaparezca.

Solamente hace que espere más tiempo para ser escuchado.

Así que aquí estoy.

Aceptando que me duele.

Aceptando que es un proceso.

Aceptando que no tengo todas las respuestas.

Pero también confiando en que eventualmente habrá claridad.

Habrá aprendizajes.

Habrá paz.

Y mientras tanto, voy a intentar hacer algo que me cuesta muchísimo:

tenerme un poco más de compasión.

Porque honestamente, creo que la necesito.

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