Las últimas semanas estuve escuchando el audiolibro de la autobiografía de Matthew Perry titulada *Friends, Lovers, and the Big Terrible Thing*. Debo decir que este libro, tan honesto y crudo, fue bastante difícil de digerir para mí. Me cuesta mucho imaginar lo que significa llegar a ese nivel de adicción en donde, a pesar de todo el daño que le has causado a tu cuerpo y a los demás, simplemente no te podés resistir.
Y esto me hizo reflexionar enormemente en mi vida y en mis hábitos, especialmente mis hábitos alimenticios. Spoiler alert: siempre ha sido una lucha. Pero aquí estoy, admitiendo que tengo una adicción al azúcar.
Y bueno, dejemos algo claro: obviamente el nivel y la escala de adicción de Matthew Perry comparada con la mía son temas que ni se pueden siquiera comparar. Pero algo sí me hizo pensar mucho, y es cómo estas adicciones están tan atadas a nuestras emociones y al concepto que tenemos sobre nosotros mismos.
Algo que me sorprendió muchísimo del libro es que mencionaba cómo esta adicción se encontraba enraizada en una creencia que tenía desde muy joven: que no era suficiente…
“Addiction, the big terrible thing, is always rooted in something deeper. In my case, it was this constant whisper: ‘You’re not enough.’”
Y yo en shock. ¿Cómo era posible que ese actor multimillonario, parte de una de las series más icónicas de la televisión, iba a sentir que no era suficiente? Cuántas veces he pensado que yo no soy suficiente… tampoco las podría contar.
Siendo muy honesta, yo no sé si mi adicción por el azúcar viene de sentir que no soy suficiente, pero definitivamente sí es una respuesta a mis emociones. Es el medio mediante el cual le doy confort a mi mente, aunque sea por unos breves minutos.
— Tengo un mal día: me merezco algo delicioso y rico.
— Tengo un excelente día: necesito celebrarlo con comida rica y un postre gigante.
No hay límite. No puedo parar. Es la forma en que mi mente ha aprendido a lo largo de mi vida a hacerme sentir bien.
Y bueno, quizá hace algunos años no le hubiera prestado tanta atención, pero ahora, con un historial médico de cáncer, con familiares que han tenido cáncer y diabetes, la doctora me hace ver que necesito cambiar. Pero la pregunta es: ¿cómo?
Creo que lo más frustrante de todo esto es que no sé la respuesta… y me deja un nudo en la garganta. ¿Cómo es posible que no pueda dejar de hacer algo —en este caso, consumir azúcar y no comer saludablemente— por mi propio bienestar, por mi salud?
En mis incontables esfuerzos por dejarlo, me he dado cuenta de lo poderosa que es la mente. A veces viene con pensamientos descarados:
— “De por sí, de algo me tengo que morir.”
— “La vida es corta y hay que disfrutarla.”
Y otras veces es más sutil y engañosa:
— “La vida es un balance, date un gusto, te lo merecés.”
— “Un bocadito no es nada, vos sos más fuerte.”
Y cuando me doy cuenta, estoy teniendo un atracón de comida.
Pero es que es tan complejo. ¿Cómo hago para mejorar mi dieta de forma realista, sin sentir que todo está restringido y que me quiero agarrar el pelo? Porque así es… la ansiedad por dulce saca algo en mí que nada más logra sacar, me nubla la mente totalmente y giro mi vida alrededor de esos alimentos que en mi cabeza ya estoy planeando para comer después.

¿Me siguen? ¿Cómo hago para mejorar algo que está tan dentro de mí, y que no me vuelva loca en el proceso? Porque así es como me siento a veces.
La verdad… es que no tengo la menor idea. Yo entiendo que parte de todo esto está enraizado en mi mente, y que quizá ese es el mejor lugar para empezar. Quizá sentarme aquí y abrirme con respecto a este tema sea el primer paso en la dirección correcta. Pero no puedo mentir: me da mucho miedo no lograrlo.
No quiero que esto se vuelva en una lucha contra mí misma, cuando en realidad debería ser yo abrazándome y dándome la mano para caminar en la misma dirección.
Es complejo luchar contra algo que los demás quizá no ven como algo urgente o relevante.
¿Será que tengo que tener diabetes para que me presten atención?
Sé que no debería pensar así… pero muchas veces me siento sola en esta lucha.
Y si alguien más allá afuera también se siente así, ojalá sepa que no está sola. Que su lucha, aunque silenciosa, también merece ser vista.
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