Hoy estoy escribiendo con la cabeza un poco perdida, o quizá la palabra sea nublada… o abrumada. A veces amanezco así, y honestamente no sé por qué sucede.
Es curioso todo lo que ha pasado desde que retomé terapia, y lo mucho que he conocido de mí misma. Cuántas veces en mi vida me he preguntado: ¿por qué soy así? ¿Por qué me pasan ciertas cosas? ¿Qué está mal conmigo? ¿Por qué pensé esto o lo otro? ¿Es esto normal?
De alguna forma, siempre he sentido que no encajo del todo en los distintos grupos sociales de los que he formado parte. Siempre lo atribuí a mi timidez, a mi lado introvertido. Pero nunca pensé que pudiera estar asociado también a algo más.
En mi última sesión de terapia, surgió la posibilidad de que tenga un diagnóstico de TDAH. Aún no está confirmado, pero desde ese día no puedo dejar de pensar en ello. Siento que comparto muchas de las características de una persona con TDAH: desde que me levanto, mi mente ya anda a mil por hora. Soy dispersa, me entusiasmo con ideas nuevas y luego pierdo el interés cuando la novedad se apaga. Tengo un foco de atención muy selectivo — cuando algo me apasiona puedo pasar horas sumergida, pero si no me emociona, mi mente simplemente se desconecta.
A veces me siento abrumada por mis propios pensamientos, cansada mentalmente, con esa sensación de sobrecarga y parálisis incluso ante tareas cotidianas, como tender la cama o lavar los platos.
No se me olvida ese día, al salir de terapia: me subí al carro, empecé a manejar, y de repente se me llenaron los ojos de lágrimas. El simple hecho de poder ponerle un nombre a una serie de cosas que siempre había considerado fallas en mí fue profundamente liberador.

Por un momento dejé de sentirme sola. Dejé de sentir que estaba fracasando. Y por primera vez, pensé: estoy bien. Mi mente simplemente funciona diferente. No tiene nada de malo. Solo necesito entender cómo funciona para aprender a acompañarla mejor.
Creo que nunca me había sentido tan cerca de mí misma. Estoy conociéndome, procesando, intentando dejar que las cosas fluyan, sin forzar, sin exigirme tanto. Dándome el permiso de simplemente ser.
Y aunque hay días —como hoy— en que mi mente se siente como una tormenta y la ansiedad acecha, también hay orgullo. Orgullo por estar haciendo este trabajo interior. Por darme este espacio para sanar.
No sé qué me depararán las próximas sesiones de terapia, pero las recibo con los brazos abiertos. Porque por primera vez, estoy aprendiendo a conocerme… y a quererme tal como soy.
Hoy no busco respuestas. Solo quiero aprender a acompañar mi mente, sin tanto juicio, con más curiosidad. Quizá eso sea el principio de la verdadera calma.
Deja un comentario