Después de mucho tiempo de no escribir, o al menos no escribir de esta forma, aquí estoy, retomando por milésima vez. Pero todo bien, no pasa nada; creo que es parte de la vida.

Este ha sido un año muy extraño. Pero si hay algo que lo ha hecho diferente a todos los demás, es que me estoy poniendo a mí misma primero, por primera vez en mi vida. Y es curioso, porque no es que antes no hubiera querido hacerlo, sino que, por un lado, no sabía bien cómo. Y por otro, necesitaba la validación de los demás para sentirme capaz de hacer mis cosas.

Y claro, ¿cómo iba yo a avanzar así?

Me parece impresionante cómo una característica psicológica implantada desde temprana edad puede influir tanto en todas las aristas y roles de la vida. En mi caso, eso ha sido tener baja autoestima. Hasta me duele escribirlo, tener que admitirlo. No puedo mentir: siempre supe que mi autoestima era baja y que eso representaba un problema, pero nunca me había detenido a comprender el verdadero impacto que ha tenido en mi vida.

He vivido buscando la validación de los demás, esa que nunca supe darme a mí misma. Y eso me ha llevado a conductas nocivas: no sentir que puedo ser yo misma, creer que nunca soy suficiente, sentir que debo ser perfecta, complacer a los demás para no quedar mal, no poder decir que no, dudar de mí y de mis instintos, hacer cosas que no quiero hacer, entre muchas otras.

Uffff… qué fuerte, de verdad. He pasado 35 años de mi vida intentando quedar bien con todos, evitando causar problemas, siendo esa hija, hermana, estudiante, pareja y profesional “perfecta”. Mendigando frases como: “Estoy muy orgullosa de usted”, “Usted sí que es inteligente”, “Excelente trabajo”, “Usted es hermosa”… cualquier cosa que me hiciera sentir bien, aunque fuera solo por un breve momento.

Porque la realidad es esa: esas afirmaciones terminan siendo efímeras. Nunca van a ser suficientes, porque al final del día… yo no las creo. Nunca creo que soy suficiente, ni lo suficientemente inteligente, chispa o bonita.

Y la verdad es que, si no lo creo yo, difícilmente se va a quedar en mí.
Y es ahí donde debo empezar.

¿Pero por dónde se empieza algo así?

Bueno, la única respuesta lógica que encontré fue buscar ayuda. Y eso fue lo que hice. Llevo apenas dos sesiones y ya estoy aprendiendo tanto de mí misma que, a veces, puede ser abrumador. Todavía no sé cómo se mejora la autoestima, pero sí sé que voy por el camino correcto: un día a la vez, constante y con paso firme. Sé que no será un proceso fácil ni rápido, pero también sé que debo mantenerme perseverante y no dejarme rendir.

Aquí estoy, siendo vulnerable, admitiendo algo que me duele reconocer. Pero, al mismo tiempo, decirlo en voz alta me llena de fuerza para hacer el cambio.

Hoy no sé exactamente cómo se construye una autoestima sana, pero sí sé que merezco descubrirlo. Y eso, por sí solo, ya es un comienzo.

Deja un comentario