Esta ha sido una semana muy complicada, la verdad. Emocionalmente ha sido muy compleja. Tuve momentos muy felices y momentos muy tristes. Pero hubo algo que se coló en medio de todo, que no esperaba: una reflexión sobre lo que significa ser una sobreviviente de cáncer. Todo empezó con un reel que vi en Instagram. No era una entrevista, ni un reportaje formal, era solo una publicación en video donde se hablaba de algo que me hizo un nudo en el estómago: que las personas sobrevivientes de cáncer, o incluso quienes están en tratamiento, pueden ser discriminadas al solicitar un seguro, un trabajo o incluso un préstamo bancario.

Y me golpeó. Porque ya lo he vivido. Hace unos seis meses, cuando intenté continuar con el seguro privado que tenía en mi antiguo trabajo, me dijeron que no podían aceptarme. No me ofrecieron una opción que cubriera enfermedades preexistentes. En ese momento sentí frustración, rabia, impotencia. Y aunque con el tiempo lo he procesado, cuando vi ese video sentí que esa herida se reabría.

Me hizo sentir atrapada. Como si mi historia se hubiera convertido en una marca en mi expediente, como si ya no fuera la misma ciudadana que antes. Sí, tengo la suerte y el privilegio de contar con la Caja Costarricense de Seguro Social, lo valoro profundamente. Pero a la vez, saber que no tengo libertad de optar por otras alternativas, que estoy limitada por algo que no elegí, duele. Y cuando me entero que también podría ser discriminada al solicitar un préstamo—solo por haber sido paciente oncológica—me invade una tristeza muy profunda. Porque en esos contextos, uno deja de ser una persona con sueños y metas. Uno se convierte en un número, una estadística, un riesgo.

Y eso me lleva a otro pensamiento que ha estado muy presente estos días: la etiqueta de «sobreviviente». Siento que esa palabra tiene un gran peso, y muchas veces me pregunto si yo la merezco. Mi proceso fue muy rápido, muy eficiente y detectado a tiempo. A veces me comparo con personas que han vivido procesos más largos, más dolorosos, más visibles. Pienso que ellos son los verdaderos sobrevivientes. Y yo… yo solo tuve suerte. Y sí, lo reconozco: pasé por la incertidumbre, el miedo, el cambio abrupto de vida, la tormenta emocional. Y quizás eso también es sobrevivir. Quizás no hay una sola forma de serlo.

Hoy, a menos de diez días de cumplir mi primer año en remisión, me doy cuenta de que esto no terminó cuando toqué la campana al finalizar radioterapia. Porque el tratamiento médico puede terminar, pero lo que se queda es la etiqueta invisible, las secuelas internas, y las barreras que la sociedad impone sin darse cuenta.

Eso me ha hecho también ser más empática. Observar de forma distinta. Escuchar de verdad. Entender que muchas veces la gente dice cosas con buena intención, pero desde el desconocimiento. Y no es para juzgar. Es simplemente que, cuando no se ha vivido algo así, no se puede entender del todo el peso que tienen algunas palabras. Agradezco, a pesar de todo, que este camino me haya ayudado a ser más consciente, más suave, más humana.

No sé cuál es la conclusión de todo esto. Solo sé que necesitaba decirlo. Y si alguien allá afuera también se ha sentido así, que sepa que no está sola. Que lo que vivimos, aunque muchas veces no se vea desde afuera, también merece ser reconocido.

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