Es curioso cómo muchas veces creemos ser de cierta forma… y luego alguien (en mi caso, mi psicóloga) nos ayuda a ver que somos un poco diferentes de lo que pensamos. Eso me pasó esta semana.
Siempre he creído —y hasta me he jactado— de tener un pensamiento que navega entre los distintos matices de grises. De hecho, me ha molestado siempre la gente que ve todo como blanco o negro. Y bueno… adivinen. Yo también soy así.
Bueno, en realidad, tengo un poco de ambas cosas —debo darme crédito. Pero me impactó muchísimo darme cuenta de que, especialmente cuando se trata de mí misma, suelo caer en el blanco y negro más absoluto. Aplico la escala de grises para los demás… pero conmigo, suelo ser extrema.
No recuerdo bien cómo llegamos a ese tema durante la sesión de terapia, pero sí recuerdo haberle contado a mi psicóloga que me sentía frustrada: constantemente me proponía metas o “retos” que terminaba dejando atrás. Un tema que, honestamente, ya he mencionado antes en este blog.
Sin embargo, esta vez fue diferente. Esta vez logré ver algo que antes no había internalizado: las metas que me propongo son completamente irreales. Tengo esta visión distorsionada de que para ser “exitosa” debo alcanzar X o Y cosa… y si no, siento que he fracasado.
¿Cómo voy a mejorar mis hábitos y acercarme a esa versión de mí que aspiro ser, si soy yo misma quien me pone zancadillas?
Y es ahí donde una palabra regresa a mi mente —otra vez—: paciencia. Tan fácil decirlo… tan difícil vivirlo.
¿Por qué paciencia? Porque mejorar hábitos reales no pasa de la noche a la mañana. Si queremos cambios sostenibles, tenemos que empezar tan de a pocos que hasta parezca ridículo.
Me acordé de un ejemplo que leí en Atomic Habits, y que ahora me hace más sentido que nunca: Si quiero ser una persona que sale a correr todas las mañanas, no empiezo corriendo cinco kilómetros. Empiezo por ponerme los zapatos de correr. Nada más. Me levanto, me pongo los zapatos… y sigo con mi día. Cuando eso ya sea un hábito, agrego la siguiente capa: ponerme los zapatos, salir a la calle, dar unos pasos, y volver. Así, poco a poco, construyo la identidad que quiero tener.

¡Y yo soy de esas personas que quieren resultados YA… pero AYER! Y la vida, para mí al menos, no funciona así.
Necesito aprender a plantearme metas que estén aterrizadas en mi realidad, pero que también sean lo suficientemente atractivas como para motivarme.
¿Y cómo hago eso? Sinceramente, no lo sé del todo. Pero en terapia hicimos un pequeño ejercicio: yo le decía algunas de mis metas, y ella las ‘aterrizaba’.
Por ejemplo: Yo aspiro a caminar 10,000 pasos diarios. En realidad, mi promedio es de 5,000 a 7,000. ¿Su propuesta? Cumplir 5,000 pasos cinco veces por semana.
En mi mente sonaba a muy poquito. Pero en el fondo… entiendo lo que ella está haciendo.
Me está enseñando a creer en mí misma. A no querer salir corriendo descalza. A empezar, primero, por ponerme los zapatos.
Sé que hoy no he ordenado mis ideas de la forma más elegante —y me disculpo por eso. Estos temas me apasionan profundamente, y con todo mi ser quiero mejorar mis hábitos. Pero también reconozco que es uno de mis retos más grandes.
Y enlazando todo esto con el tema del pensamiento blanco y negro, me doy cuenta de algo: Empezar despacio, con pasos pequeños, no significa que esté fracasando.
La meta sigue ahí. Los pasos pequeños, sumados con paciencia, también llevan al destino.
No me hace menos. No me hace más. Solo me hace humana.
¿Lo voy a lograr? No lo sé. Pero creo que vale la pena intentarlo.
¿Qué pequeño paso puedo sostener hoy y esta semana con paciencia?
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