Esta semana fue una montaña rusa emocional. Por un descuido mío, dejé de tomar durante varios días el medicamento que me recetó el psiquiatra, y supongo que eso, sumado al estrés y al autosabotaje, hizo que en varios momentos sintiera que la luz se apagaba.

A veces me sorprende lo fácil que puedo pasar de un momento de risa —tal vez por un comentario en el trabajo— a, tan solo un par de horas después, sentirme completamente derrotada.

Cuando eso pasa, solo quiero estar en cama. Me hundo en redes sociales como si fueran una especie de anestesia, donde no me permito ni siquiera un segundo para salir a la superficie y respirar.

Y justamente en esos días, cuando más hondo me siento emocionalmente, aparecen mis saboteadores más fuertes:

La autoexigencia.
El perfeccionismo.
Ese monstruo silencioso que me hace sentir mal con mi apariencia física.

Y es ahí cuando tropiezo con todo ese contenido sobre dietas, retos extremos, cuerpos perfectos y hábitos impecables…

Y me exijo. Me exijo funcionar como si nada, empezar cambios radicales cuando en realidad no estoy ni física ni emocionalmente preparada.

Entonces llega el pensamiento más cruel de todos:

SIEMPRE FRACASÁS EN TODO LO QUE TE PROPONÉS. ¿Sabés qué es algo que me da pavor?
Que ya he intentado tantas veces empezar algo… un reto, un proyecto personal, una idea, un hábito, un nuevo rumbo. Y al no lograr sostenerlos, siento que las personas ya no creen en mí.

Pero lo que más duele no es eso.

Es cuando me doy cuenta de que yo misma tampoco estoy creyendo en mí.

Y eso… duele. Porque sé que soy capaz. Sé lo que valgo. Y cuando esos pensamientos oscuros se apoderan de mi mente, lo que siento es una mezcla de rabia, impotencia y frustración por haberles abierto la puerta otra vez.

Pero, aun así… me reconozco un mérito: por más que me caigo, nunca apago del todo la esperanza.

Y tal vez —solo tal vez— el problema no ha sido mi falta de capacidad, sino la forma en la que me propongo las metas.

Siempre he sido del todo o nada. Y eso me ha llevado a ciclos autodestructivos: me entusiasmo → me exijo demasiado → no logro sostenerlo → me juzgo → abandono → empiezo de nuevo… y repito.

Pero hoy quiero romper ese patrón.

Y me acuerdo de una frase que leí en *Atomic Habits*, de James Clear:

«Si puedes mejorar un 1% cada día durante un año, terminarás siendo 37 veces mejor al final.»

Parece insignificante. Pero esa es justamente la magia.
La constancia humilde. La repetición suave. El pequeño paso.

Suena tan lógico, tan simple… pero para mí no lo ha sido. Porque yo siempre he querido resultados ya. Porque me cuesta empezar sin ver el final.

Porque muchas veces, en lugar de crear sistemas amables, me he llenado de exigencias disfrazadas de metas.

Pero hoy entiendo que quizás no he fallado… simplemente estaba tratando de hacer las cosas desde un lugar que ya no me funciona.

Hoy me comprometo a caminar lento, pero con intención.

A dejar de exigirme metas imposibles cuando más necesito cuidados pequeños.

A no volver a mí con juicio, sino con ternura.

A confiar en que dar un paso es suficiente.

Y sobre todo, a recordarme —una y otra vez—
que la única meta que importa
es no dejarme sola en el camino.

Deja un comentario