En las últimas semanas he pensado mucho en algo: me cuesta reconocer mis propias victorias. Como que tengo un fantasmita interno que me dice que no son suficientes, que “cualquiera podría haberlo hecho”, que no es gran cosa. Y creo que eso viene de una parte mía muy exigente, que siempre espera más, que no se detiene, que no celebra.
Pero hoy quiero hacer una pausa y decir: he hecho muchas cosas importantes en mi vida, y está bien reconocerlo sin culpa.
Me fui a vivir a Estados Unidos con una maleta, 500 dólares en la tarjeta y ninguna idea de qué iba a pasar. Empecé sola, desde cero, sin conocer a nadie, sin saber del todo qué iba a hacer. Y poco a poco, a punta de esfuerzo (y muchas lágrimas también), fui construyendo mi carrera, mi independencia y mi vida. Recuerdo estar bajo la lluvia, con el corazón hecho un puño, tratando de reparar una gotera o calmar a un cliente. Pero lo hice. Lo logré.
Luego crucé medio país, sola, en plena pandemia. Llegué a un nuevo estado, con una nueva vida que no fue fácil de abrazar, pero aun así me lancé. Me sentí perdida, triste, fuera de lugar. Pero también me descubrí. Y más adelante, con mi hermana cerca, construí una nueva etapa que fue muy valiosa para mí.
Y entonces llegó ese momento en el que sentí que era hora de volver. Volver a Costa Rica. Extrañaba tanto a mi familia, a mi gente, al país. Y aunque al principio lo viví como si fuera un fracaso, con el tiempo entendí que regresar no fue rendirme, fue honrarme. Fue dejar el ego a un lado y ser honesta con lo que mi corazón necesitaba.
Si algo he hecho muchas veces en la vida, es volver a empezar. Y aunque a veces me da esa sensación rara de que no logro “avanzar”, también veo con claridad que tengo una capacidad enorme para adaptarme, para reconstruirme, para aprender. Cada cambio, cada mudanza, cada nuevo comienzo me ha transformado y fortalecido.
Volví a mi país, empecé otro puesto, otro ritmo, otro aprendizaje. Y otra vez, hice lo mejor que pude, entregué lo mejor de mí. Y me siento orgullosa, aunque a veces me cueste admitirlo.
Después vino el año más difícil de mi vida. El diagnóstico. El miedo. La incertidumbre. Fue muy duro la verdad. Y a veces, por haber tenido apoyo, una casa, una familia presente, recursos, siento que no tengo derecho a sentir que fue tan duro como lo fue. Pero sí lo fue. Nada lo hizo más fácil. Me dolió, me partió. Y aun así, lo enfrenté. Lo viví.
Y cuando pensé que ya no podía haber más, llegó el despido. Un golpe tan fuerte, inesperado. Uno de esos momentos donde todo se tambalea y parece no haber salida. Pero aquí estoy. Un año después, aquí estoy. Viviendo, trabajando, creando, reconstruyéndome.
Y algo que hoy quiero decirme con fuerza es que tengo derecho a sentirme orgullosa de todo lo que he logrado, por más pequeño que parezca. Porque a mí nadie me ha regalado nada. Todo lo que tengo, cada paso que he dado, ha sido el resultado de mi esfuerzo, de mi perseverancia, de mi compromiso, de mi sentido de responsabilidad. Cada decisión, cada paso (acertado o no), ha sido parte de mi crecimiento. Y eso merece ser reconocido, no minimizado.
Sé que muchas veces no logro ver lo que soy. Me cuesta ver el valor de lo que he caminado. Pero cuando lo escribo, cuando lo dejo salir, me doy cuenta de que tengo derecho a reconocerlo. No es vanidad. No es soberbia. Es amor propio. Es respeto a mi historia.
No fue suerte. Fue coraje. Fue resiliencia. Fue sensibilidad convertida en fuerza.
Y me agradezco por no haberme rendido. Por seguir aquí. Por seguir intentando.
Gracias a quienes han estado a mi lado. Gracias por hacerme sentir que puedo ser yo misma, sin filtros, sin máscaras. Gracias por ayudarme a recordar que verme con amor también es parte del camino.
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