Esta vez he querido abordar un tema que para mí no siempre es fácil hablar por diferentes razones, y es el tema de la depresión. Hace un año recibí un diagnóstico oficial de un psiquiatra, pero es algo con lo que he lidiado desde mucho antes, y con lo que todavía tengo que lidiar.
Lo que me cuesta hablar de este tema es que ciertamente, y con total honestidad, me siento muy ignorante. No quiero hablar como una experta, porque no lo soy. Solo puedo hablar desde mi experiencia, y desde lo que vivo y enfrento cada día.
Una de las razones por las que me da miedo hablar de esto es porque siento que la depresión no se ve igual en todas las personas, y no quiero generalizar sobre algo tan delicado. Por ejemplo, cuando uno piensa en depresión, la imagen más común suele ser una persona llorando todo el tiempo, sin poder levantarse de la cama, atrapada en un mundo oscuro donde siempre está lloviendo. Pero en mi caso es un poco diferente.
Yo soy una persona funcional. Me levanto, hago mi trabajo, me río, converso, comparto. Pero al final del día, llego a la casa y siento que algo no está bien. Me siento rota muchas veces. Siento que hay algo dentro de mí que no encaja.

A veces estoy tan agotada que ya no quiero nada. Ni conmigo misma. Otras veces me invade esa actitud de indiferencia, de que nada importa. Otras lloro sin razón aparente. Solo quiero dormir. Y muchas veces, cuando empiezo un episodio de depresión, lo noto porque dejo de hacer las cosas que disfruto. Esta semana, por ejemplo, no he tocado un libro. He leído poquísimo. No he querido escribir. Tengo el diario junto a la cama y lo ignoro. No quiero pensar. Paso horas en redes sociales solo para dormir mi mente y no sentir.
Y creo que ese es un punto clave. Muchas veces no sé si lo que siento son síntomas de depresión, burnout, ansiedad, o algo más. Lo que sí sé es que soy dependiente de antidepresivos en este momento, y he sentido su efecto cuando no los tomo. Me doy cuenta del valor que tienen para mí, al menos por ahora.
Y hay algo más que me ha costado mucho y que he estado pensando estos días: la manera en la que muchas veces se invalidan nuestras emociones simplemente porque funcionamos “bien”. Porque vamos a trabajar, cumplimos con nuestras responsabilidades, incluso sonreímos y conversamos con los demás… entonces, desde afuera, parece que todo está bien. Pero no siempre lo está.
Y algo que también quiero dejar claro —porque lo he pensado mucho antes de escribir esto— es que no comparto esto desde un lugar de victimismo. Lo comparto desde la vulnerabilidad, que para mí es una forma de coraje. Hablar de lo que nos duele no nos hace débiles, nos hace humanos. Yo no escribo esto para generar lástima ni para que nadie me vea como alguien frágil. Lo escribo porque es mi experiencia. Porque así se siente vivir con esto. Porque muchas veces se asume que si uno “funciona”, si uno sigue adelante con la vida, entonces no está pasando nada. Y eso no es cierto.
He aprendido que la depresión puede ser silenciosa. Que a veces no se nota. Que no siempre es llanto o quedarse en cama. A veces es simplemente no sentir nada. O sentir demasiado. O no tener energía para lo que antes se disfrutaba. O cuestionarse cada paso, cada decisión.
Y aunque intento comprender que quienes no lo han vivido no siempre lo entienden, hay momentos donde esa falta de comprensión se siente como un aislamiento. Como si lo que siento no tuviera espacio. Y lo tiene. Porque es real.
Y bueno, aquí me encuentro hablando de este tema porque estoy segura que no soy la única persona que se siente así, y obviamente quiero salir de esto y sentirme mejor. También me cuesta mucho expresar estas emociones porque muchas veces me pregunto: ¿cómo puedo sentirme así si realmente no me falta nada? Tengo un trabajo, una familia que me ama, un techo, comida en el plato. Y eso me lleva a sentir culpa. Culpa por no sentirme feliz, por no sentirme bien. Y aún después de años en terapia, no tengo una respuesta clara. Tal vez no haya una sola respuesta.
Al final del día, la vida es una mezcla de días buenos y malos, de momentos brillantes y otros nublados. Hay una frase de una canción de The Head and the Heart que me acompaña mucho y que dice: “The sun still rises even through the rain.” El sol también sale cuando llueve.
Y eso me lo repito, en los días donde todo parece estar cubierto por nubes. Porque incluso en esos días, también hay luz.
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